miércoles, 21 de septiembre de 2011

Doblan las campanas

Volvía del establo con un cubo de leche para hervir. Tenía que preparar el queso para esa noche si quería poder ofrecerle algo que llevarse a la boca a su padre enfermo.

Algo en el suelo, delante de la puerta, llamó su atención. Una carta para ella sin remitente. La abrió con curiosidad pero la expresión de su cara cambió de golpe. Palideció y su mirada se perdió en el vacio durante unos segundos. Una frase, sólo había una frase escrita en ese papel. Un papel en forma de carta que en realidad recayó sobre ella como una sentencia. Cuando reaccionó y fue consciente de lo que eso significaba sólo pudo correr. El barro de los caminos le ensuciaba el bajo del vestido y la lluvia convertía sus andrajos en losas. No podía permitirse perder un segundo, se arremangó el vestido por la cintura, dejando a la vista sus enaguas. Una señorita educada como ella, aunque de clase baja, no enseñaría sus intimidades de esa manera, pero la ocasión lo requería. Corría con todas sus fuerzas, le faltaba el aire. Los ojos rojos, llenos de lágrimas. El pelo enredado le azotaba en la cara.

Doblaban las campanas. Se temía lo peor, había llegado tarde. Abrió de un empujón el portón de la iglesia y corrió hacía el campanario para encontrarse con algo que le cambiaria la vida para siempre.

Un grito enmudeció los susurros de las plegarias de los aldeanos que estaban ahí. Una de las mujeres siguió el estruendo. “¡Oh dios santo! ¡Padre!”. La escena quedaría grabada en la memoria de las gentes de ese pequeño pueblo para toda la vida. La pobre niña que había perdido a su familia y estaba perdiendo a su padre también se había encontrado al padre Tomás ahorcado en las cuerdas del campanario.

Y ahí estaba ella, arrodillada en el suelo, empapando las tablas de madera con sus ropas mojadas. Con la respiración cortada y gritando en silencio. Su dolor era superior al de ninguna otra persona, pero nadie lo podía entender, nadie lo llegaría nunca a entender.

Se había parado el tiempo en su vida, pero a lo lejos, en la puerta de su casa, una hoja de papel se hundía en un cubo de leche. Una nota que decía: El señor no me acogió en su hogar para que yo anduviera por ahí jugueteando a romances y menos con una joven diez años menor, no te pido que me perdones tú tampoco y aunque te querré para siempre, no tengo otra salida.

2 comentarios :

  1. Me ha gustado muchooooo. Un final trágico, pero me ha encantado. Muy bien narrado.
    Besotes!!!

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  2. Anónimo5/7/12 1:22

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