jueves, 30 de diciembre de 2010

Demasiado tarde

Como cada jueves se quitó la alianza y la guardó en su maletín. Era un acto reflejo, un hábito adquirido de las primeras veces. En aquel entonces le hacía sentir menos culpable, ahora simplemente era una costumbre, la culpabilidad ya no era ningún problema.

Picó al interfono y sin contestar, ella le abrió la puerta del edificio. Había llegado antes de lo normal pero ella ya le estaba esperando. El ascensor estaba ocupado así que fue por las escaleras. Subió los escalones de dos en dos, corriendo como alma que lleva el diablo. Tenía ganas de llegar, el jueves pasado no pudo ir.
Cuando llegó al tercero, algo falto de aliento, la luz de la escalera se apagó dejando ver una rendija de luz proveniente del tercero "b". Empujó la puerta entreabierta para poder descubrir a su ninfa que le esperaba con tan solo un picardías.

Dejó caer el maletín en el suelo mientras golpeaba la puerta con el talón del pie para cerrarla. Ella le sonrió, y como si de un hombre hambriento en un banquete se tratase, se abalanzó sobre ella. Habían pasado tan solo dos semanas, pero para sus manos, rendidas al placer de la lujuria, había parecido una eternidad sin tocar la tersa piel de su joven delirio.

Tras varios meses desde que comenzó esta andadura, seguía sin entender como había sucumbido a la tentación. Ella no era exactamente su tipo de mujer. No era más que una cría, quince años menor que él, que le servía el café todas las mañanas. Pero había algo en ella que le embrujaba, le hacía sentirse joven a la vez que dominante por tener más experiencia, pero lo que él no advertía era que en realidad era ella quien estaba empezando a dirigir la situación.

La cogió con sus brazos y la montó a horcajadas sobre su cintura mientras le mordía el cuello y la llevaba a la habitación. La tiró sobre la cama y le arrancó el picardías. Se quitó la ropa patosamente mientras recorría con sus labios su dulce piel y se dejó llevar por toda la pasión contenida durante dos semanas.

Recordaba las primeras veces que había pasado la tarde allí junto a ella, solía sentirse sucio y culpable, pero poco a poco esos sentimientos fueron desapareciendo dejando paso a la indiferencia. Había sido todo muy fácil, nadie sospechaba nada, y ellos se divertían. Hasta aquel día.

Sentado a los pies de la cama, escuchando a su ninfa hablarle entre sollozos, empezó a verla con otros ojos. Ya no era aquella joven con la que pasar un buen rato y desahogarse un día a la semana. Ella había empezado a pedirle más, le amenazaba con contarlo todo. Su juguete se había roto y ya no le divertía. Pero lo de aquel día fue la gota que colmó el vaso.

La noticia que acababa de recibir le sentó como un jarro de agua fría. Él no contaba con que esto pudiera ocurrir, habían puesto todos los medios para evitarlo, pero quizá en un momento de desenfreno no lo tuvieron en cuenta y ahí estaba: un imprevisto que en unos meses lo desmoronaría todo. Con la cabeza entre las manos y la mirada perdida le soltó un seco "yo no quiero tener nada que ver". Se levantó, se vistió, se puso el anillo y sin decir nada se fue dando un portazo.

Se sentó en el coche y mirando el reloj se dio cuenta de que la situación se le había escapado de las manos. Todo esto había llegado demasiado lejos. El único testigo de ese idilio había sido el viejo edificio donde ella vivía. Quizá debía enterrar los recuerdos allí, pero no, eso no solucionaría el problema.

Arrancó el coche y condujo hasta casa como alma en pena. Cuando llegó y abrió la puerta, su mujer le estaba esperando en la cocina, preparando la cena y con la mesa puesta. Le besó la mejilla y ella le sonrió, él intentó devolverle la sonrisa pero apenas acertó a hacer una extraña mueca.

En ese instante bajaron corriendo por las escaleras sus dos hijos. Se quedó mirándoles y de repente una enorme sensación amarga volvió a aparecer en su interior. No pudo aguantar las lágrimas. Su mujer supuso que había tenido un día duro en el trabajo ya que las cosas no iban muy bien últimamente, y le abrazó como una madre abraza a su hijo. Él se sintió querido por una mujer de la cual no era digno. Ella no merecía todo esto. Empezó a sentir asco por todo lo que había hecho. Se daba asco a sí mismo. Quería que todo se acabara. Tenía que acabar con este fraude, con este engaño. Pero no hoy, no en Nochebuena. Lo haría después de fiestas, le contaría a su mujer toda la verdad, hablaría con la que había sido su ninfa para que tomara la decisión correcta y todo se arreglaría. En su mente parecía todo muy fácil y plausible.

Lo que él no sabía es que ya no había remedio para su error, no había vuelta atrás, lo iba a perder todo. Era demasiado tarde.



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